jueves, 25 de junio de 2020

La experiencia del mal en las Confesiones de San Agustín


La experiencia del mal en las Confesiones de San Agustín


La existencia del mal en la historia humana ha sido siempre una de las causas de las diversas crisis, de las guerras y otros conflictos que el hombre ha experimentado ya sea como autor del mal o padeciendo las consecuencias de ella. Muchos argumentos han surgido en busca de una respuesta más o menos coherente frente al problema del mal.
San Agustín experimenta este problema en carne propio y esto él plasma en su libro Confesiones, donde muestra las diferentes facetas del mal, desde lo más humano en cual él es parte hasta las concepciones metafísicas. Frente a ella, el Santo busca respuestas en un primer momento en el maniqueísmo que le parece razonable y hasta liberador. Pero en el fondo esto era una ingenuidad, y un gran engaño, de la cual Agustín se lamentará más tarde; y contra la que lucha con todas sus energías, prueba de ello son las polémicas antimaniqueas.
La lectura de los neoplatónicos le enseñó la verdadera naturaleza del mal. En base a este descubrimiento él desarrollará largamente el problema del mal, que será una de los temas transversales en todo su pensamiento. Por eso, ahora para Agustín, el mal no es más sustancia, porque si fuera sustancia sería buena como todo ser que Dios ha credo. La acción de Dios no sólo se explica en dar el ser a la creatura que no lo posee, sino también el mantenerlo y sostenerlo en el ser para que obre según su naturaleza. En este sentido Dios es Providencia, causa del orden y de la armonía creada, y justamente junto al orden establecido y gobernado por Dios existe el mal, el desorden[1]. El Santo se ha preocupado dejar en claro que el mal es una privación de un bien, es decir, ausencia, defecto, corrupción de un bien conveniente, como la pérdida de la vista de un hombre que ve[2], Agustín a esto denomina mal físico; por el contrario el mal moral, es la perversión de la voluntad que se aleja de Dios, sumo Bien para amar lo creado[3]. La voluntad es mala, pero no en sí misma, sino que llega a esto cuando quiere desordenadamente las cosas creadas poniéndolo al puesto de Dios[4].
Agustín frente al hecho del mal presente en el mundo se preocupa en buscar el origen, y después dar una posible respuesta surge la pregunta espontáneamente, en esta obra ordena, perfecta y además buena, ¿cómo ha entrado el mal si Dios ha creado todo bueno? Agustín solo es capaz de responder a esto después de una larga reflexión, y la iluminación de los libros neoplatónicos, la tradición cristiana y finalmente la compresión la creación. Mediante la creación Dios hace todas las cosas existentes y buenas. Ello pone en evidencia que las creaturas tienen en sí mismo límites; y justamente en tales límites reside la posibilidad del mal. El límite salta a luz en la voluntad del hombre y en su libertad que siendo limitado puede orientarse hacia las criaturas, y no al Creador. La voluntad malvada no depende de Dios, por ello el mal que se manifiesta en el hombre no procede de la naturaleza en cuanto tal buena, sino del hecho que la naturaleza del hombre fue creado de la nada[5]. La argumentación de Agustín es con el fin de poner en evidencia que el mal no es sustancia negativa, no es naturaleza que se opone a la sustancia positiva, es decir, al bien, sino que es una privación de un bien que le conviene por naturaleza a la creatura.
Otro tema que entra por fuerza dentro del pensamiento agustiniano es el pecado, éste es fruto de la responsabilidad que nace del uso desordenado de la libertad. Aquí encuentra su origen en último término el mal moral. Pero, ¿por qué Dios es que es providencia no ha hecho la voluntad en condiciones de repeler el mal? Agustín respondería, Dios en su infinita sabiduría también se sirve de voluntad mala, para el bien[6], en esto consiste la pena que sirve para restablecer el orden dañado. Por eso, el mal permanece, porque está orientado al bien[7], y pertenece al orden de los bienes. Pero esto no significa que el mal sea necesario a para realizar la armonía o equilibrio en el universo. El Santo explica este hecho a través de una metáfora: así como pintor sabe poner el color oscuro para hacer resaltar la belleza de su pintura, de la misma manera Dios sabe dónde colocar a quien hace el mal para que resalte la belleza del universo[8]. El mal es solamente obra humana, un acto de la libertad que daña el orden; Dios por el contrario hace concurrir el mal al bien del hombre que ha pecado y del universo entero; porque él es “ordenador y creador de cuanto existe en la naturaleza, de los pecados solamente ordenador”[9]. Pero, ¿si Dios sabía por qué no ha impedido esto? Agustín diría “Dios no impide”, porque de ella hace salir un bien mayor[10]. Por otro lado, no debemos olvidarnos que Dios ordena y gobierna todo con sabiduría y su sabiduría es insondable.
La posición maniquea del mal como sustancia, como naturaleza y como principio cae por su propio peso. Por eso no es posible la existencia de un principio eterno como origen del mal. Esto además de ser ilógico y contradictorio va contra la ontología. El mal entendido así quitaría la responsabilidad del hombre en el mal; porque en la medida que él asume su responsabilidad no sólo en el mal, sino también en el bien se hace más hombre. Ello porque es consciente que ha obrado con libertad, con voluntad y con plena conciencia.
La clave de lectura de las Confesiones en lo referente al tema del mal es lo siguiente: Primero Agustín habla de una experiencia del mal, ya sea padeciendo o participando en ella. Posteriormente busca respuestas sobre el origen del mal en el maniqueísmo. Finalmente llega a la concepción metafísica del mal negando toda sustancialidad y aquí empalma el tema con Dios que es Providencia.


[1] Cf. R. PICCOLOMINI, La filosofia di S. Agostino, 92.
[2] Cf. De civitate Dei 2.9
[3] Cf. Las Confesiones 7.16
[4] Cf. De civitate Dei 12.9
[5]Cf. Contra Iulianum 1.8.37
[6] Cf. De civitate Dei 11.17.
[7]Cf. De civitate Dei, LXX.
[8] Cf. Sermones 125.5.
[9]Las Confesiones I. 10.16
[10]Cf. C. BOYER, Sant’Agostino filosofo, 87-93


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