domingo, 2 de abril de 2023

AGONÍA DEL AMOR

 


AGONÍA DEL AMOR 



Mi sueño lo he dejado

en aquel jardín florido

aquella mañana tiritando de frío

cuando el sol acariciaba mis cobrizas mejillas,

en esa hora mi amor agonizaba.

 

Aquel prado castaño me acompañó en silencio,

con su dolor en su pecho endurecido;

el tiempo se detuvo acongojado

y me enseñó el horizonte difuso

en la hora de mi partida solo, solo.

 

Mi niñez inocente se quedó en el eco

aquella mañana cuando mi risa se prolongada

jugando aquel juego en agosto.

 

Mi canto favorito fue sepultado

por esa nube densa de enero lluvioso,

ahora solo resuenan en mi menta endurecido

melodías oscuras y desentonadas.

 

Yo me quedé lloroso con mis lágrimas negras

acompañado por el desaliento;

tanteando el sendero correcto

que me conduce al alba de mi existencia.

 

Mientras el amor agoniza fría y sola

abandonada, denigrada y banalizada

recordando a su amado desamorado,

en medio de este mundo desentonado.

jueves, 25 de junio de 2020

La experiencia del mal en las Confesiones de San Agustín


La experiencia del mal en las Confesiones de San Agustín


La existencia del mal en la historia humana ha sido siempre una de las causas de las diversas crisis, de las guerras y otros conflictos que el hombre ha experimentado ya sea como autor del mal o padeciendo las consecuencias de ella. Muchos argumentos han surgido en busca de una respuesta más o menos coherente frente al problema del mal.
San Agustín experimenta este problema en carne propio y esto él plasma en su libro Confesiones, donde muestra las diferentes facetas del mal, desde lo más humano en cual él es parte hasta las concepciones metafísicas. Frente a ella, el Santo busca respuestas en un primer momento en el maniqueísmo que le parece razonable y hasta liberador. Pero en el fondo esto era una ingenuidad, y un gran engaño, de la cual Agustín se lamentará más tarde; y contra la que lucha con todas sus energías, prueba de ello son las polémicas antimaniqueas.
La lectura de los neoplatónicos le enseñó la verdadera naturaleza del mal. En base a este descubrimiento él desarrollará largamente el problema del mal, que será una de los temas transversales en todo su pensamiento. Por eso, ahora para Agustín, el mal no es más sustancia, porque si fuera sustancia sería buena como todo ser que Dios ha credo. La acción de Dios no sólo se explica en dar el ser a la creatura que no lo posee, sino también el mantenerlo y sostenerlo en el ser para que obre según su naturaleza. En este sentido Dios es Providencia, causa del orden y de la armonía creada, y justamente junto al orden establecido y gobernado por Dios existe el mal, el desorden[1]. El Santo se ha preocupado dejar en claro que el mal es una privación de un bien, es decir, ausencia, defecto, corrupción de un bien conveniente, como la pérdida de la vista de un hombre que ve[2], Agustín a esto denomina mal físico; por el contrario el mal moral, es la perversión de la voluntad que se aleja de Dios, sumo Bien para amar lo creado[3]. La voluntad es mala, pero no en sí misma, sino que llega a esto cuando quiere desordenadamente las cosas creadas poniéndolo al puesto de Dios[4].
Agustín frente al hecho del mal presente en el mundo se preocupa en buscar el origen, y después dar una posible respuesta surge la pregunta espontáneamente, en esta obra ordena, perfecta y además buena, ¿cómo ha entrado el mal si Dios ha creado todo bueno? Agustín solo es capaz de responder a esto después de una larga reflexión, y la iluminación de los libros neoplatónicos, la tradición cristiana y finalmente la compresión la creación. Mediante la creación Dios hace todas las cosas existentes y buenas. Ello pone en evidencia que las creaturas tienen en sí mismo límites; y justamente en tales límites reside la posibilidad del mal. El límite salta a luz en la voluntad del hombre y en su libertad que siendo limitado puede orientarse hacia las criaturas, y no al Creador. La voluntad malvada no depende de Dios, por ello el mal que se manifiesta en el hombre no procede de la naturaleza en cuanto tal buena, sino del hecho que la naturaleza del hombre fue creado de la nada[5]. La argumentación de Agustín es con el fin de poner en evidencia que el mal no es sustancia negativa, no es naturaleza que se opone a la sustancia positiva, es decir, al bien, sino que es una privación de un bien que le conviene por naturaleza a la creatura.
Otro tema que entra por fuerza dentro del pensamiento agustiniano es el pecado, éste es fruto de la responsabilidad que nace del uso desordenado de la libertad. Aquí encuentra su origen en último término el mal moral. Pero, ¿por qué Dios es que es providencia no ha hecho la voluntad en condiciones de repeler el mal? Agustín respondería, Dios en su infinita sabiduría también se sirve de voluntad mala, para el bien[6], en esto consiste la pena que sirve para restablecer el orden dañado. Por eso, el mal permanece, porque está orientado al bien[7], y pertenece al orden de los bienes. Pero esto no significa que el mal sea necesario a para realizar la armonía o equilibrio en el universo. El Santo explica este hecho a través de una metáfora: así como pintor sabe poner el color oscuro para hacer resaltar la belleza de su pintura, de la misma manera Dios sabe dónde colocar a quien hace el mal para que resalte la belleza del universo[8]. El mal es solamente obra humana, un acto de la libertad que daña el orden; Dios por el contrario hace concurrir el mal al bien del hombre que ha pecado y del universo entero; porque él es “ordenador y creador de cuanto existe en la naturaleza, de los pecados solamente ordenador”[9]. Pero, ¿si Dios sabía por qué no ha impedido esto? Agustín diría “Dios no impide”, porque de ella hace salir un bien mayor[10]. Por otro lado, no debemos olvidarnos que Dios ordena y gobierna todo con sabiduría y su sabiduría es insondable.
La posición maniquea del mal como sustancia, como naturaleza y como principio cae por su propio peso. Por eso no es posible la existencia de un principio eterno como origen del mal. Esto además de ser ilógico y contradictorio va contra la ontología. El mal entendido así quitaría la responsabilidad del hombre en el mal; porque en la medida que él asume su responsabilidad no sólo en el mal, sino también en el bien se hace más hombre. Ello porque es consciente que ha obrado con libertad, con voluntad y con plena conciencia.
La clave de lectura de las Confesiones en lo referente al tema del mal es lo siguiente: Primero Agustín habla de una experiencia del mal, ya sea padeciendo o participando en ella. Posteriormente busca respuestas sobre el origen del mal en el maniqueísmo. Finalmente llega a la concepción metafísica del mal negando toda sustancialidad y aquí empalma el tema con Dios que es Providencia.


[1] Cf. R. PICCOLOMINI, La filosofia di S. Agostino, 92.
[2] Cf. De civitate Dei 2.9
[3] Cf. Las Confesiones 7.16
[4] Cf. De civitate Dei 12.9
[5]Cf. Contra Iulianum 1.8.37
[6] Cf. De civitate Dei 11.17.
[7]Cf. De civitate Dei, LXX.
[8] Cf. Sermones 125.5.
[9]Las Confesiones I. 10.16
[10]Cf. C. BOYER, Sant’Agostino filosofo, 87-93


La Niebla


ORACIÓN FÚNEBRE POR MODO DE EPÍLOGO

Suele ser costumbre al final de las novelas, y luego que muere o se casa el héroe o protagonista, dar noticia de la suerte que corrieron los demás personajes. No la vamos a seguir aquí, ni a dar, por consiguiente, noticia alguna de cómo les fue a Eugenia y Mauricio, a Rosario, a Liduvina y Domingo, a don Fermín y doña Ermelinda, a Víctor y su mujer y a todos los demás que en torno a Augusto se nos han presentado, ni vamos siquiera a decir lo que de la singular muerte de éste sintieron y pensaron. Solo haremos una excepción, y es en favor del que más honda y más sinceramente sintió la muerte de Augusto, que fue su perro, Orfeo.
Orfeo, en efecto, encontróse huérfano. Cuando saltando en la cama olió a su amo muerto, olió la muerte de su amo, envolvió a su espíritu perruno una densa nube negra. Tenía experiencia de otras muertes, había olido y visto perros y gatos muertos, había matado algún ratón, había olido muertes de hombres, pero a su amo le creía inmortal. Porque su amo era para él como un dios. Y al sentirle ahora muerto sintió que se desmoronaban en su espíritu los fundamentos todos de su fe en la vida y en el mundo, y una inmensa desolación llenó su pecho.
Y acurrucado a los pies de su amo muerto, pensó así: “¡Pobre amo mío!, !pobre amo mío! ¡Se ha muerto, se me ha muerto! ¡Se muere todo, todo, todo; todo se me muere! ¡Es peor que se me muera todo a que me muera para todo yo! ¡Pobre amo mío!, ¡pobre amo mío! Esto que yace aquí, blanco, frío, con olor a próxima podredumbre, a carne de ser comida, esto ya no es mi amo. No, no lo es. ¿Dónde se fue mi amo?, ¿dónde el que me acariciaba, el que me hablaba?
¡Qué extraño animal es el hombre! Nunca está en lo que tiene delante. Nos acaricia sin que sepamos por qué y no cuando le acariciamos más, y cuando más a él nos rendimos nos rechaza o nos castiga. No hay modo de saber lo que quiere, si es que lo sabe él mismo. Siempre parece estar en otra cosa que en lo que está, y ni mira a lo que mira. Es como si hubiese otro mundo para él. Y es claro, si hay otro mundo, no hay éste.
“Y luego habla, o ladra, de un modo complicado. Nosotros aullábamos y por imitarle aprendimos a ladrar, y ni aun así nos entendemos con él. Sólo le entendemos de veras cuando él también aúlla. Cuando el hombre aúlla o grita o amenaza le entendemos muy bien los demás animales. ¡Como que entonces no está distraído en otro mundo!... Pero ladra a su manera, habla, y eso le ha servido para inventar lo que no hay y no fijarse en lo que hay. En cuanto le ha puesto un nombre a algo, ya no ve este algo; no hace sino oír el nombre que le puso, o verlo escrito. La lengua le sirve para mentir, inventar lo que no hay y confundirse. Y todo es en él pretextos para hablar con los demás o consigo mismo. ¡Y hasta nos ha contagiado a los perros!
“Es un animal enfermo, no cabe duda. ¡Siempre está enfermo! ¡Sólo parece gozar de alguna salud cuando duerme, y no siempre, porque a las veces hasta durmiendo habla! Y esto también nos ha contagiado. ¡Nos ha contagiado tantas cosas!
“¡Y luego nos insulta! Llama cinismo, esto es, perrismo o perrería, a la imprudencia o sinvergüencería, él, el animal hipócrita por excelencia. El lenguaje le ha hecho hipócrita. Como que la hipocresía debería llamarse antropismo si es que a la imprudencia se le llama cinismo. ¡Y ha querido hacernos hipócritas, es decir, cómicos, farsantes, a nosotros, a los perros! A los perros, que no fuimos sometidos y domesticados por el hombre como el toro o el caballo, a la fuerza, sino que nos unimos a él libremente, en pacto sintagmático, para explotar la caza. Nosotros le descubríamos la pieza, él la cazaba y nos daba nuestra parte. Y así, en contrato social, nació nuestro consorcio.
“Y nos lo ha pagado prostituyéndonos, insultándonos. ¡Y queriendo hacernos farsantes, monos y perros sabios! ¡Perros sabios llaman a unos perros a los que les enseñan a representar farsas, para lo cual les visten y les adiestran a andar indecorosamente sobre las patas traseras, en pie! ¡Perros sabios! ¡A eso le llaman los hombres sabiduría, a representar farsas y a andar sobre dos pies!
“¡Y es claro, el perro que se pone en dos pies va enseñando impúdica, cínicamente, sus vergüenzas de cara! Así hizo el hombre al ponerse de pie, al convertirse en mamífero vertical, y sintió al punto vergüenza y la necesidad moral de taparse las vergüenzas que enseñaba. Y por eso dice su Biblia, según les he oído, que el primer hombre, es decir, el primero de ellos que se puso a andar en dos pies, sintió vergüenza de presentarse desnudo ante su Dios. Y para eso inventaron el vestido, para cubrirse el sexo. Pero como empezaron vistiéndose lo mismo ellos y ellas, no se distinguían entre sí, no se conocían siempre y bien el sexo, y de aquí mil atrocidades... humanas, que ellos se empeñan en llamar perrunas o cínicas. Ellos, los hombres, que son quienes nos han pervertido a los perros, quienes nos han hecho perrunos, cínicos, que es nuestra hipocresía. Porque el cinismo es en el perro hipocresía, así como en el hombre la hipocresía es cinismo. Nos hemos contagiado unos a otros.
“Se vistió el hombre, primero, con el mismo traje ellos y ellas; mas como se confundían, tuvieron que inventar diferencia de trajes y llevar el sexo al vestido. Esos pantalones no son sino una consecuencia de haberse el hombre puesto en dos pies.
“¡Qué extraño animal es el hombre! ¡No está nunca en donde debe estar, que es a lo que está, y habla para mentir y se viste!
“¡Pobre amo! Dentro de poco le enterrarán en un sitio que para eso tienen destinado. ¡Los hombres guardan o almacenan sus muertos, sin dejar que perros o cuervos los devoren! Y que quede lo único que todo animal, empezando por el hombre, deja en el mundo: unos huesos. ¡Almacenan sus muertos! ¡Un animal que habla, que se viste y que almacena sus muertos! ¡Pobre hombre!
“¡Pobre amo mío!, !pobre amo mío! Fue un hombre, sí, no fue más que un hombre, fue solo un hombre! ¡Pero fue mi amo! ¡Y cuánto, sin él creerlo ni pensarlo, me debía!... ¡Cuánto! ¡Cuánto le enseñé con mis silencios, con mis lametones, mientras él me hablaba, me hablaba, me hablaba! "¿Me entenderás?", me decía. Y sí, yo le entendía, le entendía, mientras él me hablaba hablándose, y hablaba, hablaba, hablaba. Él, al hablarme así hablándose, hablaba al perro que había en él. Yo mantuve despierto su cinismo.
“¡Perra vida la que ha llevado, muy perra! ¡Y grandísima perrería, o, mejor, grandísima hombrada la que le han hecho esos dos! ¡Hombrada la que Mauricio le ha hecho; mujerada la que le ha hecho Eugenia! ¡Pobre amo mío!
“Y ahora aquí, frío y blanco, inmóvil, vestido, sí, pero sin habla ni por fuera ni por dentro. Ya nada tienes que decir a tu Orfeo. Tampoco tiene ya nada que decirte Orfeo con su silencio.
“¡Pobre amo mío! ¿Qué sera ahora de él? ¿Dónde estará aquello que en él hablaba y soñaba? Tal vez allá arriba, en el mundo puro, en la alta meseta de la tierra, en la tierra pura toda ella de colores puros, como la vio Platón, al que los hombres llaman divino; en aquella sobrehaz terrestre de que caen las piedras preciosas, donde están los hombres puros y los purificados bebiendo aire y respirando éter. Allí están también los perros puros, los de San Humberto el cazador, el de Santo Domingo de Guzmán, con su antorcha en la boca, el de San Roque, de quien decía un predicador señalando a su imagen: «¡Ahí le tenéis a San Roque, con su perrito y todo!" Ahí, en el mundo puro platónico, en el de las ideas encarnadas, está el perro puro, el perro de veras cínico. ¡Y allí está mi amo!
“Siento que mi espíritu se purifica al contacto de está muerte, de está purificación de mi amo, y que aspira hacia la niebla en que él al fin se deshizo, a la niebla de que brotó y a que revertió. –Orfeo siente venir la niebla tenebrosa... Y va hacia su amo saltando y agitando el rabo–. ¡Amo mío! ¡Amo mío! ¡Pobre hombre!”
Domingo y Liduvina recogieron luego al pobre perro muerto a los pies de su amo, depurado como éste y como él envuelto en la nube tenebrosa. Y el pobre Domingo, al ver aquello, se enterneció y lloró, no se sabe bien si por la muerte de su amo o por la del perro, aunque lo más creíble es que lloró al ver aquel maravilloso ejemplo de lealtad y fidelidad. Y dijo:
-¡Y luego dirán que no matan las penas!

                                                  La Niebla, Miguel de Unamuno